Forma natural del montaje orientada a ocultar todos los cortes del metraje, de forma que el espectador perciba el film desde la máxima fluidez, como si estuviera rodado en plano secuencia. El montaje invisible, propio del cine clásico de cada época, habitual de todos los géneros, está en oposición al “visible” en el que se violan las normas de la gramática clásica buscando que las transiciones se manifiesten en la percepción del espectador, la mayoría de veces desde cierta agresividad visual.
La práctica totalidad de films de mayor éxito comercial, incluyendo los blockbusters, está montada según las reglas del montaje invisible, desde Lo que el viento se llevó, hasta Avatar
El aprendizaje del montaje consiste en buena parte en saber hacer invisible el corte. Existen para ello tres directrices: la narrativa (poner en escena lo que pide la narración a cada instante), la cinética (cortar durante un movimiento o bien justo antes de que se produzca, empezar el plano en movimiento) y la auditiva (hacer cabalgar el sonido por encima del punto de corte). El montaje visible busca atentar contra la suavidad y fluidez del invisible, es propio del cine experimental y encuentra en las nuevas corrientes cinematográficas de los años sesenta un impulso notable. Algunas de las rupturas aplicadas sobre el montaje invisible (como el “jump cut”) se han ido, con el tiempo, incorporando al montaje convencional clásico. La práctica totalidad de films de mayor éxito comercial, incluyendo los blockbusters, está montada según las reglas del montaje invisible, desde Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939), hasta Avatar (2009), pasando por Casablanca (1942), Tiburón (Jaws, 1975), La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977), Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993) y Titanic (1997).
Loquilandia
Hellzapoppin’ / Hellzapoppin | H. C. Potter, 1941, EE.UU.
La propia cinta nos lo advierte ya desde sus mismos títulos de crédito: “cualquier parecido entre Loquilandia y una película es pura coincidencia”. Tan solo teniendo en cuenta dicha advertencia puede uno enfrentarse a este anárquico festival del humor surrealista, el gag metalingüístico, el caos argumental y el embrollo genérico, auténtico ejercicio de terrorismo cinematográfico en estado puro. Desde el principio nos sabemos arrastrados por una película dentro de otra película que, más que adaptar a la gran pantalla la comedia musical original que el dúo Ole Olsen y Chic Johnson interpretaba en Broadway, utiliza a ésta como simple excusa para dinamitar cuanta norma fílmica y tentación “realista” se le ponga por delante. Así, sus protagonistas no solo saben que están dentro de una película, sino que interactúan con caótica determinación con el torpe proyeccionista, con el desconcertado público (a un espectador lo envían directamente a casa), con sus propios compañeros de reparto, con su desnortado guionista, con sus conservadores productores y hasta con todos esos férreos códigos que hacen que los diferentes géneros no terminen confusamente centrifugados los unos contra los otros. Desquiciado cruce entre la anarquía de los hermanos Marx, el slapstick más destrozón, los musicales de Busby Berkeley y los hallazgos del cartoon entendido a la delirante manera de Tex Avery, Loquilandia (sintomáticamente escrita por Nat Perry, el mismo guionista de la irreductible Sopa de Ganso) parodia desde el Ciudadano Kane de Welles hasta los más canónicos westerns, pasando por el estricto “Código Hays” o por el mismísimo monstruo de Frankenstein. Lógicamente, aquí el argumento es lo de menos.