Unidad narrativa mínima con estructura completa de “planteamiento-desarrollo-clímax-anticlímax” que permite el relato de films de breve metraje o bien forma parte de estructuras más extensas. La secuencia puede sucederse en un único o en diversos escenarios. La historia del relato en el cine, desde la brevedad de los primeros años hasta los largometrajes de varias horas de 1910 en adelante, puede explicarse desde el crecimiento en el número de secuencias que va desde los films de secuencia única hasta las estructuras multisecuenciales de los largos en tres o más actos.
La historia del relato en el cine puede explicarse desde el crecimiento en el número de secuencias que va desde los films de secuencia única hasta las estructuras multisecuenciales de los largos en tres o más actos
Algunas de las secuencias entre las más recordadas del audiovisual son la del ametrallamiento de los soldados al pueblo en las escalinatas de El acorazado Potemkin (Bronenosets Potiomkin, 1925) de Sergei Eisenstein, la muerte del vampiro en Nosferatu (1922) de Friedrich W. Murnau, el asesinato de la niña en M, el Vampiro de Dusseldorf (M, 1931) de Fritz Lang, la danza feliz del protagonista bajo la lluvia en Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain, 1952) de Gene Kelly y Stanley Donen, la carrera de cuadrigas en Ben-Hur (1959) de William Wyler, el asesinato en la ducha de Psicosis (Psycho, 1961) de Alfred Hitchcock o la persecución de coches en Bullit (1967) de Peter Yates.
Las secuencias de créditos que introducen en el espíritu del film han ido ganando en relevancia desde los años cincuenta, como la de Vertigo (1958) realizada por Saul Bass en el film dirigido por Alfred Hitchcock, la de James Bond contra Goldfinger (Goldfinger, 1964) de Robert Brownjohn en el el film dirigido por Guy Hamilton, o la de Seven (1995) realizada por Kyle Cooper en el film que dirige David Fincher.
M, el vampiro de Düsseldorf
M / M le maudit | Fritz Lang, 1931, Alemania
Berlín, años 30. Un asesino en serie tiene en jaque a toda la ciudadanía. Su principal blanco son las niñas, ocho en total hasta la fecha. La paranoia y la desesperación se ceban aún más en la atemorizada población al saberse que, hasta la fecha, todos los intentos llevados a cabo por las autoridades para detener al criminal han resultado inútiles, desde el rastreo de pacientes psiquiátricos dados de alta recientemente, hasta las redadas indiscriminadas en los bajos fondos. Agobiadas por el constante acoso policial y sus nada rentables consecuencias, las principales organizaciones criminales de la ciudad deciden asociarse para atrapar al asesino por su cuenta con la única intención de someterlo a un juicio sumarísimo y, llegado el momento, ajusticiarlo sin más.