Técnica fotográfica y cinematográfica de captación de la imagen con nitidez diversa de los elementos fotografiados: una reducida profundidad de campo concentra la nitidez en un único término, mientras que una profundidad de campo amplia permite mantener perfectamente enfocados elementos y personajes en primer término, en el término medio y en el término más alejado de la cámara.
Los films con amplia profundidad de campo, como Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1942) de Orson Welles, favorecen planos de mayor duración puesto que la acción se reparte en los distintos términos perceptibles para el espectador. Lo habitual es una combinación de ambas opciones, como sucede por ejemplo en Brazil (1985), de Terry Gilliam, con escenas de amplia profundidad, como la inmensa factoría de trabajadores con el director en primer término, y con profundidad mínima en escenas como las de los diversos artefactos mecánicos en funcionamiento.
Los films con amplia profundidad de campo favorecen planos de mayor duración puesto que la acción se reparte en los distintos términos perceptibles para el espectador
Algunos ejemplos de secuencias de amplia profundidad de campo son la pionera The musketeers of Pig Alley (1912) cortometraje de David Wark Griffith de 17 minutos con diversas escenas de gángsteres moviéndose desde primer término a términos alejados; el desenlace de El tercer hombre (The Third Man, 1948) de Carol Reed, en el largo plano final en el cementerio con el protagonista en primer término y la chica avanzando desde el fondo; o la entrada del personaje de Sherif Ali en Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) de David Lean, con el protagonista Lawrence y su guía Tafas inmóviles en el oasis en primer término y muy al fondo un punto negro (Sherif Ali montado en su camello) que poco a poco se va acercando.
Qué difícil es ser un Dios
Hard to be a God / Il est difficile d'être un dieu | Aleksey German, 2013, Rusia
Tras 14 años de complicadísima realización, la última película del portentoso cineasta ruso Aleksey German vería finalmente la luz de manera póstuma. Tras el fallecimiento del autor en 2013, serían su mujer y su hijo los encargados de rematar la dilatada postproducción y el montaje de sonido definitivos de esta adaptación alucinada e hipnótica de la novela homónima de los hermanos Strugatsky. El libro, un clásico de la ciencia-ficción soviética que German llevaba intentando adaptar desde finales de la década de los 60, cuenta las desventuras de Don Rumata, viajero interestelar de una Tierra del futuro que trabaja como observador imparcial en un planeta cuyos habitantes se encuentran estancados en una Edad Media muy similar a la terrícola. Para su desesperación, Rumata no puede intervenir en la evolución natural de Arkanar promoviendo una suerte de Renacimiento que deje atrás la actual era de oscuridad, sino que debe ser testigo impasible de las violentas atrocidades y barbarismos medievales a los que se entregan sus ignorantes y crueles conciudadanos. Siendo como lo es un proyecto literalmente arrastrado durante toda una vida, parece normal que la película llevase hasta su máxima radicalización todas esas constantes del cine de German capaces de hacer de la pantalla un abigarrado retablo plagado de escatológicas escenas y grotescas caracterizaciones tan solo comparables al apocalíptico universo estético de pintores como Brueghel el Viejo o El Bosco.